No hay mejor campaña de marketing que la censura. El regreso de Jimmy Kimmel arrasó en audiencia y convirtió en viral lo que intentaron silenciar.
Judith Victoria Cherquis
Un regreso histórico en la televisión
El regreso de Jimmy Kimmel Live! a la cadena ABC fue un éxito rotundo. Más de 6,3 millones de espectadores siguieron el programa, la mayor cifra en sus 22 años de historia. Todo esto pese a que un 23% de la audiencia estadounidense no pudo verlo por el boicot de Nexstar y Sinclair, dos gigantes de cadenas locales que decidieron retirar la emisión.
Nexstar, además, estaba en plena fusión y necesitaba la aprobación de la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC). Su presidente, Brendan Carr, había criticado duramente a Kimmel, pidiendo incluso su despido “por las buenas o por las malas”. Como si la televisión fuera solo una parrilla y no un tablero político-empresarial, la suspensión se convirtió en un juego de intereses que terminó siendo el mejor marketing imaginable para Kimmel.
Desmentimos categóricamente que Jimmy Fallon haya solicitado que se le censurara también.
El humor como respuesta
Kimmel abrió el programa con ironía y seguridad. Mostró un mensaje del presidente Donald Trump donde pedía cancelar su programa por “falta de talento” y porque “no tiene audiencia”. “Hoy sí la tengo”, respondió el cómico, sabiendo que la censura había multiplicado su público por tres.
El intento de silenciar a Kimmel días atrás, generó protestas masivas. Desde Barack Obama hasta Hillary Clinton, junto a casi 500 figuras del cine y la música, denunciaron el ataque a la Primera Enmienda. Entre ellos, Meryl Streep, Tom Hanks, Jennifer Aniston y Mark Ruffalo. Lo que pretendían castigar se convirtió en una campaña de apoyo global, viral y memorable.
Cifras récord en televisión y plataformas
En Estados Unidos, la audiencia televisiva está tremendamente fragmentada. Con aproximadamente 335 millones de habitantes y 122 millones de hogares con televisor distribuidos entre los 51 estados —sí, incluyendo Washington D.C.—, las distancias son enormes y la vida diaria muy autónoma en cada región. Además, existen diferencias horarias de hasta tres horas entre la costa este y la oeste, sin contar a Alaska, que geográficamente está casi en Asia.
Y aun así, Jimmy Kimmel Live! logró 6,3 millones de espectadores en su regreso, el récord absoluto para su programa en 22 años. Para ponerlo en perspectiva, esto representa menos del 2 % de la población total, pero suficiente para convertir su vuelta en un fenómeno nacional, considerando la fragmentación y dispersión de la audiencia.
En el grupo demográfico clave de adultos de 18 a 49 años, Nielsen registró más de 1,1 millones de espectadores, un dato excepcional para un programa que compite con cientos de opciones en televisión y streaming.
Pero la verdadera explosión llegó en digital. En YouTube, el monólogo superó el millón de visualizaciones en la primera hora y alcanzó 15 millones en las primeras 18 horas. Sumando todas las plataformas digitales de ABC y Disney, las visitas llegaron a 26 millones, demostrando que lo que intentaron silenciar en televisión se volvió viral en cuestión de horas. Este efecto multiplataforma confirma que la censura tradicional funciona cada vez menos, incluso en un país gigantesco y altamente fragmentado como Estados Unidos.
La libertad de expresión en el centro del debate
Durante casi media hora, Kimmel reflexionó sobre la libertad de expresión e incluso agradeció a quienes no comparten sus ideas pero defienden su derecho a expresarlas. Recordó que en Rusia u Oriente Medio, los humoristas arriesgan la cárcel por bromear sobre el poder, mientras que en Estados Unidos ese derecho debería celebrarse, aunque a veces se dé por sentado.
En el manual del buen dictador está escrito: censurar un programa de televisión, secuestrar un periódico o silenciar una emisora solo funciona en sociedades entrenadas en el miedo. En democracias con tradición de prensa libre, el efecto es siempre un boomerang. Y Kimmel lo acaba de demostrar en prime time.
Las causas de la suspensión
ABC justificó la suspensión por un comentario de Kimmel sobre el asesinato del líder juvenil MAGA Charlie Kirk. Pero en el manual de lectura entre líneas todo apuntaba a otra cosa.
En otras palabras: no era censura, era “business as usual” made in USA. Y, como buen boomerang, terminó multiplicando la audiencia hasta cifras récord, demostrando que intentar silenciar a alguien acostumbrado a hablar solo potencia su voz.
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