Florentino Pérez y el viejo truco de culpar a la prensa

mayo 13, 2026
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Florentino Perez en rueda de prensa en Valdebebas
Florentino Perez en rueda de prensa en Valdebebas

Florentino Pérez compareció en Valdebebas donde anunció elecciones y centró su discurso en señalar a periodistas y medios de comunicación.

Judith Victoria Cherquis

Florentino Pérez convirtió su comparecencia más esperada en un ataque directo contra periodistas y medios. El presidente del Real Madrid recurrió a una estrategia clásica del poder cuando el relato deja de acompañarle.

Ya es de público conocimiento todo lo ocurrido entre Florentino Pérez y el conjunto de los medios durante su rueda de prensa en Valdebebas. No hace falta repetir cada frase ni cada gesto. El enfoque quedó fijado desde el primer minuto. El presidente del Real Madrid no compareció para explicar la crisis deportiva ni para asumir responsabilidades. Eligió otro camino. Marcar adversarios.

Descartó dimitir, anunció elecciones y centró buena parte de su intervención en señalar a periodistas, medios de comunicación y empresarios. Habló de campañas organizadas, ataques coordinados y una supuesta ofensiva contra el club.

También citó a periodistas concretos, ridiculizó preguntas y protagonizó varios choques en directo en la sala de prensa. El punto más tenso llegó con sus críticas al diario ABC y al grupo Vocento, a los que atribuyó una actitud hostil hacia su figura y hacia el Real Madrid. Incluso anunció que cancelará su histórica suscripción al periódico.

El viejo truco de culpar a la prensa

La estrategia no resulta nueva. Cuando el poder entra en tensión, el foco externo aparece con rapidez. El mecanismo se repite con patrones claros en distintos ámbitos, desde la política hasta el deporte o la empresa. La crítica deja de entenderse como parte del debate público y pasa a leerse como una operación organizada. El periodista crítico deja de ser intermediario de información y se convierte en adversario.

En contextos recientes, dirigentes como Donald Trump o Javier Milei han convertido ese choque con los medios en un elemento central de su comunicación pública. El conflicto deja de ser puntual y se transforma en narrativa constante.

En muchos casos, el enfrentamiento no se limita a la discrepancia informativa. Escala hacia ataques personales, confrontaciones públicas, demandas judiciales o campañas de desgaste. Con frecuencia, el foco se intensifica sobre periodistas mujeres.

El punto clave no está en el desacuerdo concreto, sino en la construcción de una idea fija: la prensa como bloque homogéneo, hostil y malicioso. Un actor único que no informa, sino que ataca.

Ese relato termina generando un efecto claro. El debate público se desplaza desde los hechos hacia los medios, y la opinión pública queda atrapada en una dinámica de desconfianza permanente.

No somos tan ingenuos como para sostener que toda la prensa es objetiva, sensata, ecuánime o transparente. No existe ese mundo perfecto. Existen errores, sesgos y enfoques discutibles. Pero otra cosa muy distinta es convertir a todo el periodismo en un bloque enemigo. Ese gesto no corrige nada. Desvía el debate.

Ir contra “la prensa” en abstracto no depura el sistema informativo. Lo simplifica hasta deformarlo. Y ahí aparecen dos efectos claros: distracción y soberbia. Distracción, porque se abandona el análisis de los hechos. Soberbia, porque se asume que toda crítica responde a mala fe y no a una función básica del periodismo.

En el deporte, José Mourinho ya había llevado ese patrón al extremo con sus constantes choques con periodistas, árbitros y estructuras del fútbol. Florentino Pérez replicó esa lógica en Valdebebas. La crítica dejó de ser información para convertirse en ataque al club.

Matar al mensajero, como siempre

La escena tampoco es nueva desde una perspectiva histórica. El poder siempre ha tenido una relación incómoda con quien trae malas noticias. En la Antigüedad ya existía una expresión para describirlo: “matar al mensajero”. La lógica apenas cambia. Cuando el mensaje incomoda, el foco se desplaza desde el hecho hacia quien lo comunica.

En ese marco se entiende mejor la comparecencia de Florentino Pérez. Un estilo de poder propio de otra generación, más vertical, menos permeable a la crítica pública y habituado a controlar el relato institucional con escasa contestación.

Ese contexto no explica ni justifica ciertos comentarios hacia periodistas mujeres durante la rueda de prensa. Expresiones como “esa niña, que pregunte” o referencias despectivas hacia reporteras deportivas reflejan inercias antiguas todavía presentes en determinados espacios de poder. La edad o el contexto generacional pueden ayudar a entender su origen, pero no atenúan esas formas de machismo.

El periodista como adversario

Cuando una figura con poder institucional, económico y mediático sitúa a la prensa como enemigo, el debate público se debilita. La crítica pierde legitimidad y el periodismo entra en sospecha constante.

El resultado es previsible. La conversación deja de centrarse en la gestión, en el rendimiento o en las decisiones, y se desplaza hacia la idea de una supuesta conspiración permanente, como ocurre en algunos hombres y mujeres de poder poco proclives a abrazar las reglas de la democracia, sean déspotas consumados o simplemente con rasgos de ese estilo de ejercicio del poder.

Florentino Pérez afrontaba una comparecencia clave para explicar el momento del Real Madrid. Sin embargo, la rueda de prensa terminó convertida en un ajuste de cuentas con periodistas y medios de comunicación.

Ese desplazamiento del foco no es un episodio aislado. Empieza a configurarse como un patrón repetido, ya reconocible en este tipo de comparecencias, cada vez que el relato se tensiona.

Cuando el poder convierte a quien informa en enemigo, el problema deja de ser el mensaje. Empieza a ser el derecho de la sociedad a entenderlo.

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