Elon Musk ha hecho de sus empresas dispositivos de poder. Su favorita se llama como su hijo: X.
Judith Victoria Cherquis
El imperio del yo
Elon Musk es dueño de cohetes, autos eléctricos y una red social convertida en un arma. Desde su reciente distanciamiento con el gobierno de Donald Trump —más táctico que ideológico— ha redoblado su apuesta por lo que parecen ser, más que empresas, sus juguetes de poder. La expresión no es gratuita: cada uno de sus movimientos empresariales, políticos o personales parece obedecer a una obsesión menos económica que imperial. Entre cohetes, autos eléctricos y redes sociales, Musk construyó una esfera de influencia global que no responde a gobiernos ni ideologías, sino a su voluntad. En ese mapa egocéntrico, hay un vértice que lo resume todo: X.
El nombre de su plataforma (antes Twitter) es también el nombre de uno de sus hijos. Su influencia se extiende más allá de los negocios: moldea discursos y polariza sociedades, mientras sus otras empresas, como Tesla, sufren las consecuencias de estas decisiones. En un mundo donde la información es poder, Musk ha demostrado que su ambición no tiene límites, y que su verdadera obsesión es dominar esa esfera, a cualquier costo. La pregunta naïf es ¿para qué?.
Twitter antes de Musk
Twitter nació en 2006, creada por Jack Dorsey, Noah Glass, Biz Stone y Evan Williams. Rápidamente se convirtió en una red clave para la conversación pública, con un modelo basado en la inmediatez, el microblogging y la viralización.
En 2013 salió a la bolsa y consolidó su perfil como una red social con vocación democrática. Entre sus reglas destacaban la prohibición de discursos de odio, el control de bots, la moderación de contenido engañoso y la verificación de cuentas públicas. Twitter colaboraba con medios y organismos oficiales para etiquetar información falsa, suspendía cuentas que promovían acoso o violencia, e impulsaba lo que sus fundadores llamaban “conversaciones saludables”.
Antes de ser comprada por Musk, Twitter tenía más de 368 millones de usuarios activos a nivel global.
De Twitter a X: el medio según Musk
En octubre de 2022, Elon Musk compró Twitter por 44.000 millones de dólares. En julio de 2023 la rebautizó como X, con el objetivo de convertirla en una "aplicación para todo", al estilo de WeChat en China. Pero el cambio fue más profundo que una simple rebranding: transformó completamente el ADN de la plataforma.
Musk no solo es dueño, sino su usuario central.
Elon Musk impone sus propias reglas y desafía no solo las normas económicas, sino también los principios éticos y la estabilidad social.
- La moderación de contenido fue reducida.
- Cuentas antes suspendidas por fomentar teorías conspirativas o discursos de odio fueron restauradas.
- El sistema de verificación se volvió pago: ahora cualquier persona puede tener la insignia azul si la paga.
- En X, el dinero puede comprar todo.
También introdujo X Premium, una suscripción que ofrece funciones especiales. Sin embargo, los ingresos publicitarios disminuyeron notablemente. Muchos anunciantes —y medios de comunicación— abandonaron la red.
Desde finales de 2023, diversos medios de comunicación han decidido abandonar la plataforma debido a preocupaciones sobre desinformación, toxicidad y falta de moderación. Entre los primeros en tomar esta decisión se encuentran el diario británico The Guardian, que cesó sus publicaciones en noviembre de 2024, y el diario español La Vanguardia, que siguió su ejemplo poco después. A ellos se unieron otros medios como Ouest-France (Francia), Dagens Nyheter (Suecia), NPR y PBS (Estados Unidos), y el club de fútbol alemán FC St. Pauli, quienes también suspendieron su presencia en la plataforma.
Además de los medios, diversas instituciones y personalidades públicas han expresado su rechazo a X. El Festival Internacional de Cine de Berlín anunció su salida en diciembre de 2024. Los Ayuntamientos de París y de Barcelona también abandonaron X en enero de 2025. Entre las figuras públicas se encuentran el escritor Stephen King, la actriz Jamie Lee Curtis, la periodista española Julia Otero, etc.
Violencia simbólica y polarización
X es su tribuna, su púlpito, su juguete más peligroso. Allí se expresa sin filtros, lanza ataques personales, comparte memes, apoya a figuras de la ultraderecha, y construye una narrativa global alineada con sus intereses.
X no solo dista del respeto que imponían las normas anteriores de Twitter; sino que se jacta de su trato violento a quienes no piensan como su dueño. Igual que en un videojuego. Musk “destruye” simbólicamente —por ahora— a quienes pertenecen a un núcleo ideológico diferente. Esta polarización, impulsada desde la red, se extrapoló a la sociedad estadounidense que ya venía transitando ese camino de forma sostenida, especialmente patente al final del primer gobierno de Donald Trump.
Por eso su alianza con Trump —un líder a su medida— fue algo natural que intensificó ese escenario. Musk no se conforma con liderar empresas como Tesla, SpaceX o Neuralink. Su ambición trasciende lo económico; busca moldear la opinión pública y ejercer influencia política. En palabras textuales, dijo:
“Si pudiera ser presidente de EE.UU., lo sería. Pero como no puedo, haré lo siguiente mejor: asegurar que Biden no gane”.
Su visión del mundo se asemeja a un videojuego donde él es el protagonista que redefine las reglas. Esta perspectiva lúdica, más que política, ha tenido consecuencias reales: miles de despidos, el aumento de discursos extremistas en X y una recesión en ciernes que se mueve espasmódicamente al ritmo de las idas y venidas de la política arancelaria del presidente de Estados Unidos.
El valor de una X
En el universo de la tecnología, la letra "X" ha sido históricamente símbolo de lo experimental, lo desconocido y lo disruptivo. Su uso remite a la incógnita matemática, al laboratorio secreto, a lo que aún no ha sido revelado pero promete cambiarlo todo. No es casualidad que Elon Musk la haya convertido en el eje simbólico de su imperio: SpaceX, X.com, X.AI, e incluso el renombramiento de Twitter como simplemente X. El nombre de su hijo —X Æ A-12— parece llevar esta lógica al extremo: una criatura humana presentada como una ecuación futurista, como si fuese un proyecto más. En la estética de Musk, la “X” representa la conquista de lo imposible, la negación de límites, la aspiración a un orden posthumano en el que lo orgánico y lo artificial se funden bajo la bandera de la eficiencia y la voluntad individual.
Sin embargo, este símbolo también lleva consigo un reverso inquietante: la “X” es el signo del error, de lo tachado, de lo que se elimina o cancela. En contextos sociales y culturales, es la marca del rechazo, de la censura, de lo excluido. Lo que Musk exalta como icono de futuro también puede leerse como una declaración implícita de guerra contra el presente: una tachadura de todo lo que no encaja con su visión tecnocrática del mundo.
Tesla en Europa cae sin freno
Mientras Musk se concentra en sus “juguetes de poder”, Tesla enfrenta una competencia feroz en Europa. Marcas como Volkswagen (ID.7), BMW (i4, iX1), Mercedes-Benz (línea EQ), Renault (con el R5 eléctrico), CUPRA —la marca eléctrica de SEAT— y el grupo Stellantis (con modelos eléctricos de Peugeot, Fiat, Opel y Citroën) consolidan una oferta sólida y diversa de vehículos eléctricos.
Esta presión se ve reforzada por Hyundai y Kia desde Corea del Sur. Y, claro, por el avance imparable de los fabricantes chinos BYD y Leapmotor, que ganan cuota con precios agresivos y propuestas tecnológicas competitivas.
Aunque Tesla ha renovado recientemente sus modelos clave, como el Model 3 “Highland” y el actualizado Model Y “Juniper” de 2025, la combinación de una oferta europea muy agresiva y una percepción política muy poco favorable hacia Elon Musk entre los consumidores europeos, el descenso de sus ventas en la región ha sido contundente.