El cambio climático y la transformación de los ecosistemas están alterando el mapa de algunas infecciones zoonóticas en Sudamérica.
JVC
El ébola, el hantavirus y el virus que causa la covid-19 tienen algo en común: son patógenos que probablemente pasaron de animales a seres humanos. En Sudamérica, científicos siguen con atención otras enfermedades mucho menos conocidas que podrían ayudar a comprender dónde y cómo puede surgir una futura amenaza sanitaria global.
Una de ellas es la fiebre hemorrágica argentina (FHA), una enfermedad viral grave transmitida por roedores que durante décadas estuvo estrechamente asociada a trabajadores rurales de las zonas agrícolas del país. Ahora, sin embargo, está apareciendo en lugares y pacientes que no responden a ese patrón histórico.
El caso reciente de una mujer de 65 años de Rosario (provincia de Santa Fé, Argentina) es un ejemplo. La paciente presentó fiebre alta, dolores musculares y fatiga, además de niveles peligrosamente bajos de glóbulos blancos y plaquetas. Murió menos de una semana después. Los análisis determinaron que había contraído fiebre hemorrágica argentina.
Lo que llamó la atención de los especialistas no fue únicamente la enfermedad, sino dónde y en quién había aparecido: la mujer vivía en el centro de Rosario y no trabajaba en el campo.
Durante décadas, un caso de estas características habría sido considerado excepcional. La FHA, identificada en Argentina en la década de 1950, afectaba fundamentalmente a hombres que trabajaban en las fértiles zonas agrícolas del país. Pero ese mapa epidemiológico está cambiando.
Enfermedades que abandonan sus fronteras tradicionales
Argentina registró cerca de 60 casos confirmados de fiebre hemorrágica argentina en 2022, aproximadamente tres veces más que cinco años antes. Los brotes registrados en 2024 y 2025 provocaron, en conjunto, al menos nueve muertes.
En San Nicolás de los Arroyos, una ciudad situada a unos 70 kilómetros de Rosario, los médicos también han comenzado a detectar pacientes sin ninguna vinculación con el medio rural.
La expansión de las ciudades sobre terrenos anteriormente agrícolas podría ser una de las explicaciones. Urbanizaciones, carreteras y otras infraestructuras acercan a las personas a ecosistemas en los que viven los roedores que actúan como reservorios de determinados virus.
A este fenómeno se suman los cambios en las temperaturas, las precipitaciones y las estaciones. El cambio climático modifica los hábitats de numerosas especies y puede desplazar animales portadores de patógenos hacia nuevas regiones.
El resultado es un aumento de las oportunidades de contacto entre animales, virus y poblaciones humanas que anteriormente permanecían separados.
Según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC), alrededor de tres cuartas partes de las enfermedades infecciosas emergentes en humanos proceden de animales.
El cambio climático modifica el mapa de las infecciones
La fiebre hemorrágica argentina no es el único ejemplo.
El calentamiento global y las transformaciones en el uso del suelo ya están modificando la distribución de enfermedades transmitidas por mosquitos como el dengue, el chikunguña y la fiebre amarilla.
El dengue, en particular, ha experimentado una enorme expansión en Sudamérica. Desde comienzos de 2024 se han comunicado a la Organización Mundial de la Salud más de 10 millones de casos y más de 16.000 muertes relacionadas con la enfermedad, aunque la cifra real de infecciones podría ser considerablemente superior.
Los investigadores estudian también el virus Andes, un hantavirus presente en Sudamérica y transmitido principalmente por roedores. Al igual que la fiebre hemorrágica argentina, pertenece a un grupo de enfermedades que durante mucho tiempo parecieron circunscritas a determinados ambientes y poblaciones.
La preocupación no significa que cualquiera de estos virus vaya necesariamente a provocar la próxima pandemia. Muchos hantavirus y arenavirus sudamericanos, de hecho, no se transmiten fácilmente entre seres humanos.
Su importancia científica reside en otra cuestión: permiten observar qué sucede cuando el clima, los ecosistemas y la actividad humana modifican las condiciones en las que circulan los patógenos.
Anticipar (o no) la próxima pandemia
Investigadores de la Universidad de California en Davis estudian cómo los cambios en la temperatura, las precipitaciones, el uso del suelo y la distribución de los roedores pueden alterar el riesgo de exposición humana a estas enfermedades.
Los modelos muestran que algunas regiones pueden dejar de ser adecuadas para determinadas especies mientras otras se convierten en nuevos territorios de riesgo.
La vigilancia de estas transformaciones podría permitir a las autoridades sanitarias actuar antes de que una enfermedad aparezca en lugares donde hasta entonces era desconocida.
Predecir exactamente cuál será la próxima enfermedad infecciosa emergente sigue siendo imposible. Pero los científicos consideran que sí es posible identificar con mayor precisión los factores que aumentan el riesgo y las zonas donde estos comienzan a acumularse.
La experiencia de las zoonosis sudamericanas plantea así un cambio de estrategia: en lugar de esperar a que aparezcan los casos para reaccionar, utilizar información epidemiológica, ambiental y climática para localizar los lugares donde podría producirse el próximo brote.
En un planeta cada vez más cálido, urbanizado y conectado, enfermedades que durante décadas parecieron confinadas a una región concreta pueden dejar de estarlo. Y esos pequeños cambios en el mapa sanitario podrían convertirse en una de las primeras señales de la próxima gran amenaza infecciosa.