Los primeros pasos del debut bursátil de Cirsa están siendo un fiasco y remiten a la casuística de un tipo de salidas al parqué viciadas.
José Justo
Dos meses después de la salida a Bolsa de Cirsa, el conglomerado internacional de juegos, casinos y apuestas online que crearon en Terrassa los hermanos Lao y vendieron al fondo Blackstone, su cotización no levanta cabeza de los 15 euros de salida. Y es evidente, además, que hay oportunos apoyos para que la acción no descalabre.
Pocos días antes de sonar la campana en el parqué, las entidades financieras que han coordinado esta salida a Bolsa, Barclays, Deutsche Bank y Morgan Stanley, filtraron una información que acabó en algún portentoso titular en los medios de comunicación: “Blackstone se asegura el éxito de la salida a Bolsa de Cirsa con órdenes por 1.400 millones”. Representaba el triple que la oferta que fue suscrita.
Con tanta demanda latente, cómo es posible que ni en los primeros compases de la cotización nadie demostrase ningún interés en suscribir este valor a precios de salida. Lo que hubiera provocado, ni que fuese de forma moderada, una subida sostenible de la cotización.
He aquí el quid de la cuestión y el por qué la práctica totalidad de las salidas a Bolsa en España, en los últimos tiempos, han sido un medio desastre o un desastre entero. Porque vienen envueltas de una parafernalia alejada de una mínima seriedad profesional con cotizaciones infladas, detracciones patrimoniales previas de los socios y planes estratégicos un tanto ilusorios.
El fondo estadounidense Blackstone, uno de los más grandes del mundo, compró Cirsa en abril de 2018, por unos 2.200 millones de euros. Hace meses, cuando se empezó a tantear una posible salida a Bolsa, alguno de los bancos colocadores deslizó estimaciones con un valor de entre 4 y 5 mil millones para la compañía. Pero el tema, evidentemente, no cuajó. El sentido común redujo finamente la oferta de venta pública del 18 % del capital de la compañía, a una OPS de cerca de 453 millones, lo que significa valorar la totalidad de la compañía en unos 2.500 millones. Pero ni aun así ha funcionado.
Otra grave secuencia que rodea estas salidas de empresas a Bolsa son las detracciones patrimoniales, por diversas vías, previas al salto al parqué. Tal como sucedió en el Grupo Puig y también intentó Europastry, entre otros. En el caso de Cirsa, Blackstone aprobó realizar, antes de salir a Bolsa, un dividendo de 230,9 millones de euros, lo que significa multiplicar por 12 la cifra del año anterior.
Y algo todavía más sorprendente y discutible. Con la salida a Bolsa de Cirsa el grupo de altos directivos de la entidad recibirían como regalo un bonus de acciones bursátiles por un valor de 90 millones de euros. Joaquim Agut, su presidente, sería el principal agraciado por un valor de 34 millones de euros.
Con estos mimbres de un modelo de salidas a Bolsa viciado y sin fundamentos financieros sólidos y transparentes, los únicos beneficiados son las entidades financieras colocadoras, que consiguen altísimos honorarios. Los socios y directivos de las propias empresas que consiguen dividendos previos y bonus que llegan a ser altamente desproporcionados. Así como otros múltiples intermediarios, regados todos con importantes compensaciones económicas.
Mientras a su suerte quedan las aspiraciones lícitas de los pequeños o medianos accionistas que han entrado en busca de cierta rentabilidad, que se evapora o diluye en el espejismo en el que se han convertido las salidas a Bolsa en España.