Los movimientos políticos, las salidas millonarias y la pérdida de influencia dibujan un futuro incierto para quien llegó a moverse en las más altas esferas del poder.
Rosa Costa
Ángel Simón cumple 69 años dentro de un mes. Una edad en la que, para algunos, empieza la jubilación. Para él, quizá empiece algo bastante más incómodo: hacer balance.
Y el balance no parece precisamente para enmarcar.
Durante años se le pudo ver transitando por los salones donde se mezclan poder empresarial, política y ambición personal. Desde la antigua AGBAR se fue construyendo un personaje que parecía destinado a convertirse en uno de los grandes prohombres de la Cataluña empresarial.
El problema de los castillos en el aire es que, tarde o temprano, aparece la gravedad.
Y la gravedad ha llegado.
Uno detrás de otro, los grandes escenarios imaginados se han ido desmoronando. Las aproximaciones al PSC, los movimientos alrededor de unos y otros, los asesores próximos a Feijóo y esa particular habilidad para tener siempre un pie en cada orilla política parecen haber servido para una cosa: demostrar que en política y en empresa nadie regala eternamente el salvavidas.
Ni CRITERIA parece ser ya aquella estación de regreso triunfal que algunos imaginaban, ni INDRA parece necesariamente el refugio permanente que podría haber soñado.
Eso sí: conviene reconocerle algo. Cuando uno ha pasado tantos años cerca del poder, incluso las derrotas pueden salir caras.
Muy caras.
Las indemnizaciones y las salidas doradas tienen esa maravillosa propiedad: permiten abandonar un despacho con bastante más dignidad económica de la que a veces acompaña a la dignidad profesional.
Pero hay algo que ni el dinero ni los contactos pueden comprar: la sensación de que el poder se escapa.
Y eso es precisamente lo que algunos creen percibir en las últimas apariciones públicas de Simón.
Basta observar las fotografías. Ya no aparece aquel ejecutivo que parecía tener respuesta para todo y puerta abierta en todas partes. La expresión es otra. Más seria. Más rígida. Como si alguien le hubiera explicado que el teléfono del poder también tiene botón de silencio.
Quizá sea simplemente cansancio.
O quizá sea esa incómoda sensación que aparece cuando uno descubre que las fotografías con políticos no garantizan un despacho, que las amistades políticas tienen fecha de caducidad y que los favores de ayer no siempre cotizan mañana.
También está Cataluña.
Las últimas encuestas electorales tampoco parecen dibujar el escenario que algunos podían imaginar. Ese hipotético regreso triunfal a CRITERIA, con Salvador Illa como pasaporte de vuelta y los focos preparados para recibir al hijo pródigo, empieza a parecer más un argumento de sobremesa que un plan de futuro.
Porque el poder tiene una regla sencilla y bastante cruel: mientras mandas, todo el mundo quiere salir en la foto. Cuando dejas de mandar, algunos empiezan a preguntarse por qué sigues en ella.
Y en los ambientes empresariales catalanes ya se percibe, según esa lectura, a un Simón tocado.
No hundido. Todavía no.
Pero sí suficientemente cerca de la orilla como para empezar a mirar dónde está el siguiente salvavidas.